viernes, 26 de junio de 2015

Me he comprado un Volkswagen

Ayer fui a comprar un coche.
Esta fue la conversación con el vendedor.

— ¿Cuánto cuesta? IVA y todo lo demás incluido.
  Dieciocho mil trescientos euros.
— ¡¿Cuánto?! Vengo de allí— señalo genéricamente hacia otros        
     concesionarios—, son casi iguales y me cuestan mucho menos.
— ¡A ver!...Que ese el precio que nos llega de la fábrica. Luego nosotros te descontamos 1.500.
— ¿Por qué?
—Eee…Pues porque vamos a iniciar la campaña de verano.
—Eso hace 16.800. Demasiado.
—Ya, claro, pero eso es antes de financiarlo. Con financiación son otros 
     dos mil euros menos.

Hago como que me levanto de la silla.

— ¡Espera! ¡Espera un momento! Tenemos que descontar el precio por   tu coche viejo.
—Está para el desguace.
— ¿Y qué? Son otros 800 euros.
—Eso hace 14.000. Demasiado todavía. Lo siento.

Sonrío ampliamente mientras me dirijo, muy lentamente, hacia la salida.              
 El vendedor se levanta y me grita.

— ¿Tú, en qué trabajas?
—Soy autónomo.
— ¡Pero hombre! Haberlo dicho antes. 
      Entonces son dos mil euros menos.
    

Salgo del concesionario y me encuentro con un amigo.
— ¡6.300! —le digo, con toda la chulería de que soy capaz.
— ¡Fiuu! —Silba mi amigo— Eres un genio del regateo.

Pero entonces me doy cuenta de que me he dejado las gafas de sol dentro.                      

—Espera un momento.

De espaldas a mí, los dos comerciales no me ven entrar.

— ¡Otro pardillo! —les oigo que comentan, mientras se ríen a carcajadas.

martes, 26 de mayo de 2015

Segunda parte.Primer capítulo.





 Segunda Parte
Los Bazares Acevedo

1



A las diez de la mañana, los rayos de Sol aún eran débiles e iluminaban la calle suavemente, sin herir la piedra demasiado, pero las dependientas del  bazar,  sabían que, antes de mediodía, el escaparate sería un horno, si no bajaban el toldo pronto.
— Montse… ¿Lo bajas tú?
— Voy.
Una de ellas levantó la trampilla que se abría a un lado del mostrador y salió con la barra a la calle. Fuera, una mujer morena, de unos treinta años, estaba parada delante del cristal, observando los regalos.
— Buenos días, perdona, estoy buscando un…
— Sí, sí…Pase y vaya mirando, que mis compañeras la atienden.
La mujer entró y se entretuvo observando, uno a uno, cada portafotos de plata, y también las figuras  de alabastro, incluso las camisetas estampadas con imágenes de la ciudad en clave de humor. La mitad estaban dedicadas al castigo que suponía el matrimonio para el hombre, y la otra mitad, a los estragos que hacía el alcohol, pero sólo con las mujeres. El machismo de las frases era tan excesivo que le provocaron una sonrisa condescendiente y siguió calibrando con sus inquietos ojos azules cuál sería el regalo más adecuado, entre los juegos de tazas con la imagen de la catedral en diferentes posiciones o las vajillas de ornamentación barroca, cada una dedicada a un monumento diferente.
Otra de las chicas se le acercó con las manos atrás.
— ¿Encuentra algo que le guste?
Ella negó con la cabeza.
— Si quiere, podemos ayudarla.
— Busco un regalo.
— Por ejemplo, ¿para qué tipo de persona es?  ¿Qué edad tiene?
— Es mayor. Cumple. . . no sé cuántos. . . pero está a punto de jubilarse.
— Un hombre mayor. ¿O es mujer?
— No. Es un profesor. Un profesor de la Universidad.
— ¿Qué le parece una bufanda con el escudo de la ciudad?
Antes de que se subiera a la escalera para bajar la caja del altillo, la mujer le hizo un gesto de negación con las manos.
— ¿Sabe si tiene algún hobby?
— Pues no sé…Es doctor en Arte…
— Mire…Tenemos…esta Venus de Milo…O si no, este Discóbolo. Son pequeños, pero el mármol es de calidad.
— No, no. En esto del Arte, cada uno tiene sus gustos. . . En realidad, me lo estoy pensando. No tengo por qué hacerlo, pero todos mis compañeros se han puesto de acuerdo…
— ¡Ah!  ¿Es un regalo de todos?
— No. Ellos sí. Creo que le hacen un regalo conjunto, pero yo me enteré tarde…En fin…
— Pues, vaya mirando, y me dice…Si me disculpa voy a atenderlos a ellos.
Le señaló un grupo de extranjeros que acababan de entrar y que las tendrían ocupadas durante un buen rato. Mientras tanto, la mujer intentaba retroceder en el tiempo para recordar alguna característica del homenajeado. De pronto, un olor característico le vino a la cabeza y se lo expuso a la dependienta.
— ¿Así que fuma?
— Acabo de recordarle con una pipa en la mano.
— Fumador de pipa. Perfecto.
La empleada bajó las escaleras hacia el sótano. Cuando subió de nuevo, fue llenando el mostrador con toda clase  de pipas. Las había de vidrio y también de porcelana, pero la más bonita era una de espuma de mar, modelada con una forma muy artística.
— ¿Podrías recomendarme alguna?
— Todo depende de la cantidad que quiera gastarse.
— Pues…no sé…, más de cien euros, no.
— Entonces, yo le recomiendo esta…Mire…Es una pipa de brezo que quedaría muy bien sobre esta base.
— ¿Base?
— Si quiere, puede llevar un soporte de madera…con su nombre grabado.
— Eso quedaría bien. De acuerdo.
— Apúnteme aquí el nombre.
La mujer escribió el nombre del doctor y ya se giraba para marcharse, cuando la dependienta le espetó.
— Son sesenta y ocho.
— ¿Qué?
— Euros.
— ¿Ahora?
— ¿Cómo?
— Que si tengo que pagar ahora…Imagina, por ejemplo,  que no queda bien grabada…
La chica suspiró. Otra tacaña…O la crisis. La gente, cada vez era más pesetera. Sacó una tarjeta de entre un montón más y un bolígrafo.
— Entonces, tendrá que dejarme una señal de veinte  euros y su nombre y dirección, por favor.
— Está bien…Toma el dinero.
La chica le acercó el bolígrafo.
— Escríbalos aquí.
— De acuerdo.
La dependienta metió de nuevo la ficha en el fichero, pero, antes, le echó un vistazo por encima. Sorprendida, volvió a sacarla y se quedó mirando el nombre.
— ¿Usted no es de aquí, verdad?
— Pues, no.
— Quiero decir, que no conocía la tienda, de antes.
— No.
— ¿Y su apellido se escribe así, no? ¿Acevedo…, con uve?
— Sí. ¿Por qué?
— ¡Qué cosa tan extraña, perdone que se lo diga!
Sus compañeras se habían acercado con curiosidad para leer la tarjeta.
— ¡Anda, qué raro!
— ¿Qué pasa?
— Pues que se llama usted como la tienda.
— ¿Esta tienda se llama Claudia?
A las chicas eso les hizo una gracia tremenda y estuvieron riéndose un buen rato. Ella las miraba, muy sorprendida, mientras empezaba a arrepentirse de haberse gastado tanto dinero en una persona que apenas conocía, sólo porque la había invitado a un lunch en el comedor de la residencia.
— ¿No ha leído el luminoso de fuera?
— No.
— Se llama Bazares Acevedo.
— Ah.
Ante su falta de simpatía, las chicas optaron por dejar de reírse y callarse lo familiar que también les resultaba el otro apellido.
— Entonces, hasta el jueves.
Cuando la mujer salió, las dependientas estuvieron cuchicheando unos minutos, hasta que vieron llegar a la encargada, muy nerviosa. Enseguida, se arremolinaron a su alrededor. Habían oído que el dueño de los bazares quería venderlos todos y temían por su futuro.
— ¿Qué ha pasado? Cuenta.
— En el sindicato me han dicho que no nos preocupemos, que, si venden, nosotras tenemos nuestros derechos.
— ¿Pero, y si cierran el bazar y abren otro negocio?
— No adelantemos acontecimientos. De momento, van a venir unos señores a ver la tienda, así que más vale que la encuentren como los chorros del oro porque pueden ser los próximos jefes.
A los diez minutos, todas las estanterías relucían. Entraron unos cuantos mirones, que no se llevaron nada, pero, eso sí, le dejaron todo revuelto y, luego, cuando habían terminado de  colocar de nuevo cada cosa en su sitio, una manada de turistas, que acababan de salir de un autocar, invadieron el local y, prácticamente, se lo apropiaron. Se probaron los trajes, manosearon los muñecos y eligieron los recuerdos, gritándose entre ellos, para comparar los regalos entre sí. Cuando salieron de estampida hacia el barrio que les habían dicho que era el más típico de la ciudad les habían dejado la tienda de nuevo como si hubiera pasado por ella un tornado.
— ¡Cuidado!  ¡Ahí vienen!
Pocos minutos antes de cerrar, vieron acercarse a tres personas. Una era el jefe y las otras dos, un hombre y una mujer que se pararon  delante de la tienda y estuvieron contemplando el escaparate desde todos los ángulos posibles. Aunque ya era la hora de salir, ninguna de las dependientas se había atrevido a abandonar su puesto de trabajo. Sólo cogieron el bolso y salieron cuando el dueño les dijo.
— A ver, chicas, ya podéis cerrar, que tienen que entrar estos señores.
— Hasta luego.
— Hasta luego – fueron desfilando una detrás de otra en distintas direcciones.
— Tú, no –le dijo a la encargada –, quiero que les expliques cómo funciona todo esto.
Él, mientras tanto, abrió la caja y luego estuvo curioseando un poco en el escritorio del ordenador. Marcó la ventanilla que ponía “Ventas” pero, aburrido con tantas cifras, enseguida se cansó y fue tamborileando los dedos sobre el mostrador hasta dar con el fichero. Una de las fichas no había encajado bien entre el resto y sobresalía por encima. La cogió sólo para colocarla en su sitio pero sus ojos fueron más rápidos y leyeron el nombre.
— ¿Se encuentra usted bien?
La pareja había terminado su recorrido y le estaban esperando para salir, pero estaba claro que el dueño del establecimiento tenía algún problema. Con la cara lívida releía una y otra vez la tarjeta hasta que fue consciente de que le estaban observando.
— Eee…, sí, sí,…eee…Me habrá sentado mal algún pincho de los que hemos tomado en el bar.
Luego intentó salir el primero pero la encargada se interpuso en su camino. Estaba perpleja. Acababa de ver cómo se metía la tarjeta en un bolsillo interior y sabía muy bien que el contable terminaría pidiéndole explicaciones a ella.
— Perdone, jefe, pero es que luego no nos salen las cuentas.
— ¿Cómo?
— Que se ha guardado la ficha sin querer.
— ¡Ah, sí, claro! ¡En qué estaría pensando! Toma.
La encargada volvió a guardarla en su sitio y salieron.
— Bueno, ¿y qué opinan de la tienda?
— Por nuestra parte, creo que está todo visto. ¿Nos gusta, verdad, cariño?
— Por supuesto. Ahora sólo nos queda hablar, je, je, de la parte crematística.
— Bien. Pero eso ya lo dejamos para mañana, si no les importa.
— De acuerdo. Entonces, hasta mañana.
A las nueve de la noche, con el género recogido, las trapas echadas y el luminoso apagado, el dueño se acercó de nuevo a la tienda. Abrió la cancela del portal contiguo y entró por una puertecita minúscula, pero blindada. Una vez dentro, no se entretuvo y fue directo hacia el mostrador. En ese momento, sonó el teléfono móvil.
— ¿Sí?
— Hola, viejo… ¿Cómo te va?
— ¿Qué tal, hijo?  ¿Por dónde andáis, ahora?
— Surfeando…en la playa.
— ¿Dónde?
— Muy lejos, papá. Ya te llevaré fotos, cuando vaya… Oye, papá…Este sitio es muy caro, ¿sabes? Y voy a andar un poco ajustado…
— Usa la tarjeta.
— No, si ya la uso, pero, a lo mejor deberías hacer algún ingreso más, por si acaso…Es que en este hotel hay casino…y, además, hay una chica…una mujer…impresionante. Si la vieras, papá, intentabas quitármela…je, je, en fin…tú sabes…
— Si es para eso, sin problema. Mañana me acerco al banco…pero sólo si me traes otra para mí, ¿eh, granuja?
Durante el tiempo que había estado al teléfono, el hombre había estado repasando una y otra vez el nombre y los dos apellidos que estaban escritos sobre la tarjeta. Intentaba tranquilizarse. Claro que podía darse el caso de que otra persona, ajena a su familia, se apellidara Yanes, como él. También era posible que uno de sus apellidos se correspondiera con el de su primera esposa, Acevedo. Pero que estuvieran precisamente en ese orden, en fin, no le parecía casual, y, muy pensativo, casi taciturno, salió a la plaza, intentando interconectar dentro de su cabeza varios recuerdos muy antiguos que iban aflorando poco a poco hasta conformar un todo. Cuando,  por fin, los cuadró, había llegado a la puerta de su casa. La hora de la cena ya había pasado pero entonces, él, que ya tenía la llave en la mano y un pie sobre el primer peldaño, cambió de idea, sacó la tarjeta, la leyó de nuevo, y se sentó sobre la escalera de mármol. A los apellidos se sumaba un nombre que no le decía nada a su memoria, pero tenía que comprobar un presentimiento. Una idea, una frase antigua, que había escuchado sin prestarle mucha atención en aquel momento, se iba perfilando dentro de su cerebro, como una posibilidad que era mejor comprobar. Era la voz de su primera esposa preguntándole “¿Qué te parece el nombre de la abuela?”.
Sacó su teléfono móvil y marcó el número de su abogado.
— Hola, Germán. Escucha, ya sé que es tarde pero necesito saber una cosa. ¿Tu padre no estará por ahí?
— Pues sí, terminando de cenar, ¿te lo paso?
— No, que con la sordera, al teléfono es imposible. Pregúntaselo tú.
— ¿Qué quieres saber?
— Un nombre.
— Tú dirás.
— Verás. Es sobre la familia de mi primera esposa. Ella se llamaba Asunción y su madre Rosario, pero necesito saber el nombre de la abuela.
— Espera.
Pasaron un par de minutos interminables. La calle era un hervidero de gente que caminaba en todas direcciones pero al hombre le parecía que en ese momento sólo estaba él en el mundo. Mientras releía por octava vez la tarjeta, todo su pasado y también su futuro, iba pasando por delante de sus ojos como una película muda. Su cara iba tomando un tinte cada vez más sombrío y llegó un momento en el que parecía que estaba a punto de sufrir un infarto.
— Antonio.
Al otro lado del teléfono se oía un guirigay de voces y ruido de platos y cubiertos.
— Sí, dime.
— Claudia… ¿Quieres saber algo más?
Pero no hubo respuesta. El hombre tenía frente a él la tarjeta sobre la que, con una preciosa letra perfectamente caligrafiada, estaba escrito “Claudia Yanes Acevedo. Colegio Mayor Santiago, calle de Atrás, número 1”. Entonces el aspecto abatido de la cara del hombre cambió bruscamente. Ya no había miedo sino decisión en sus ojos. Sacó un teléfono de un bolsillo interior. No el mismo que había utilizado antes. Era un teléfono de usar y tirar. Acababa de tomar una decisión peligrosa y, nada más terminar la comunicación, el móvil iría directo a la primera papelera que encontrara, pero sólo después de haberlo pisoteado hasta destrozarlo.
Al final de la línea, podía escucharse la música del hotel resort al que estaba llamando, dentro de una remota isla sudamericana. Era una mezcla de música africana y ritmo de samba.
— ¡Patrón!  Yo también estaba a punto de llamarle. Nos hemos quedado sin cocineros. Dicen que, hasta que no les pague las semanas que le debe, no vuelven, y necesitamos urgentemente otros, o si no, los huéspedes que tienen hecha la reserva. . .
— Escucha bien, Anselmo, olvídate de todo. Cierra el negocio durante un tiempo, porque te necesito. . . para otro encargo. Escucha bien. ¿Me estás oyendo?
— Claro, patrón.
— Anselmo. Tengo que encargarte otra encomienda y escúchame bien…
— Pero patrón, si le escucho perfectamente.
— Te necesito, Anselmo, y  necesito que me encuentres al mejor para este trabajo.
— Patrón, usted sabe que yo, por usted, voy al fin del mundo, pero, mire lo que pasó la otra vez. Aún tengo a la policía vigilándome cuando salgo del trabajo.
— ¿Y si lo buscas en la Europa del Este?
— Pero, patrón, esa gente no es de fiar. Se quedan con el primer pago y no cumplen...
Al otro lado, hubo un largo silencio, al cabo del cual, el hombre, arrastrando la frase, sólo preguntó.
— Está bien. ¿Cuánto, esta vez?
— ¿Patrón?  ¿Está usted bien, pero bien seguro?
— Seguro.
— Pero usted sabe que el precio ha subido. Los hombres aquí cada vez se están haciendo más flojos, como los europeos. Y los profesionales cuestan de encontrar.
— ¿Cuánto?
— Sesenta mil.
— Veinte de adelanto. Cuarenta, a la recepción.
— OK, patrón. ¿Para cuándo?